1/30/2011

EL AUTOBÚS

Sentado allí en el autobús, hundido en su asiento parecía dormido aunque sus párpados no ocultaban sus miopes ojos.

Era ya tarde y fuera la oscuridad ya casi cubría las fachadas.

Las luces del autobús le daban a éste el aspecto de una sala de espera de cualquier viejo hospital. Asépticos fluorescentes blancos que proyectaban alrededor una impresión de suciedad. Haciendo parecer que todo lo que iluminaban estaba raído y desgastado. Convirtiendo los pasajeros en pacientes.

Así los veía él, pálidos, ojerosos, ellos creciendo unas ásperas barbas de varios días, ellas con el maquillaje corrido.
Así se veía él reflejado contra el cristal de la ventanilla. Recortado en carteles luminosos de diferentes colores: azules, rojos, amarillos que pasaban fugaces y de los que no podía leer los nombres.

Miró a la chica sentada justo enfrente suya. No pasaría de los treinta pero en sus ojos llevaba bastantes más años ya pasados pero sin haberlos podido vivir.

Pensó en su rutina. En todos esos días que su cerebro le obligaba a levantarse, coger aquel mismo autobús por más de una hora, trabajar por encima de las ocho horas que había firmado hace 15 años en un contrato y volver a permanecer allí sentado rodeado de los mismos extraños cada día. Hasta llegar a casa, cenar sin más compañía que una vieja televisión y acostarse en su fría y vacía cama. Y el día siguiente volver a hacer lo mismo pero sintiéndose un año más viejo.

Por su mente pasó al idea de no volver a hacerlo nunca más. De cambiar su vida para siempre y empezar algo que siempre hubiera deseado hacer. Pero no pudo encontrar ese anhelo escondido en alguna parte de su memoria.

Su parada se acercaba y su deseo de dar un golpe en la mesa del presente y hallar algo con que realmente llenar su vida le quemaba.

Pero ahí seguía su pensamiento como él vacío.

El autobús frenó. La puerta se abrió dejando entrar el gélido aire que soplaba desde el río. Al final de la calle se podía ver su edificio.

Recitó en su interior un mantra intentando abrir otra imaginaria puerta en su vida y dejar que aquel gélido viento arrastrara consigo el vacío que pesaba como si cada minuto malgastado en su vida se hubiera convertido en una lápida colgando de su cuello.

"Debo de hacer algo. Cambiar mi vida, que no sea como un barco a la deriva empujado por corrientes desconocidas" Repetía para si mismo.

La puerta se cerró. Y el autobús arrancó con un apagado estertor. Mientras él seguía allí sentado, mirando al vacío sin poder pensar ya en nada. Había perdido.

Lo carteles de las calles se reflejaban en sus gafas uno tras otro, acompañados de frenazos y arrancadas que se sucedían cada vez con menor frecuencia. Las caras sentadas enfrente también cambiaban, aunque siempre con la misma expresión de cansancio y hastío reflejada en ellas.

Las luces de la ciudad se hicieron más pobres y las farolas no cruzaban ante sus ojos con el mismo ritmo frenético de antes. Las hileras de edificios tenían más huecos en ellas, como dentaduras de viejas sierras ya inútiles. Hasta que ya no hubo más edificios.Ni mas paradas.

Pero él seguía allí sentado buscando aquel destello de esperanza que le hiciera bajarse de aquel autobús.

1/21/2011

BULLETS











Your bullets don't pierce my flesh anymore.
The shells remain scattered all around my feet
And nothing more than air grazes my dreams.

All the noise, all the rumble
It's just an echo
That faints far away from my heart.

The blood still floods through my veins
burning my lips
when I try to mutter some words.

Just the pain got inside my body
It hurts like a thousand bombs
And makes my head explodes
Under all the children's voices.



UNEXPECTED PASSENGER


El húmedo pasadizo estaba apenas iluminado por la mortecina luz de una solitaria lámpara mal colgada del techo y el ruido de los trenes rugía atronador al final del mismo.

La prisa le hizo acelerar el paso. Ahora ya no andaba, corría, su respiración entrecortada y la piel completamente sudada.

Por fin. Ya estaba en el andén. Justo a tiempo. El tren acababa de llegar. Las puertas se abrieron como guillotinas, dejando caer cabezas de pasajeros en la plataforma para a continuación emerger los cuerpos que se arrastraban después de un largo día de trabajo y unos interminables minutos entre bruscos frenazos, arrancadas y sacudidas.

Se quedó allí quieta, mirando a las luces de los fluorescentes del vagón y su reflejo en el plexiglás de los anuncios del mismo. Su respiración ya había recuperado su ritmo normal, y con paso decidido se dirigió al interior del mismo. Sorteando los últimos pares de gastados zapatos abandonando el tren se metió en el mismo.

La puerta se cerró justo tras ella, el violento sonido le sobresaltó. Con la mirada encontró un tranquilo rincón donde recostarse para el resto del viaje y allí se acomodó.

Trató de rehuir la mirada de los otros pasajeros, pero aún así podía sentir los ojos de estos en su piel. Unos estaban cargados de curiosidad, otros de cierto desagrado.

Esto le incomodó y empezó a moverse a lo largo del vagón buscando otro lugar donde pasar más desapercibida. Se fijó en aquel hombre dormido en un asiento. Parecía no existir para el resto de los pasajeros. Quizás sentada a su lado nadie se apercibiera tampoco de su presencia. Se subió al asiento más próximo a él.

Nada mejoró, ahora parecía que había todavía más pupilas penetrando su carne. Quizás todavía no estaba lo suficientemente cerca. Se agarró a la manga de su compañero de asiento y alcanzó el hombro. Éste parecía despertarse.

Sintió algo trepando su brazo. Quizás fuera un sólo un sueño. Pero parecía demasiado real. Un escalofrío recorrió su cuerpo y abrió los ojos. La vio allí, junto a él, mejor dicho subida en él, en su hombro. Sus ojos se abrieron todavía más, esta vez acompañados por un similar movimiento de su boca, con una mezcla de estupor y asco.

Con un rápido movimiento de mano logró quitarse la rata de su hombro justo en el momento que el tren frenaba al entrar en la estación. Al chirrido de las ruedas siguió el golpe de las puertas al abrirse.

La rata corrió hacia la puerta mientras los pasajeros se apartaban para dejarle paso y tras saltar el hueco que separaba el vagón del andén desapareció entre un laberinto de otros similares desgastados zapatos hacía otro mal iluminado pasadizo.

La puerta se volvió a cerrar con otro seco golpe. Los pasajeros recuperaron la normalidad que había sido quebrantada por unos escasos segundos. Unos retomaron el periódico en la misma página, otros clavaron su mirada vacía en el mismo anuncio de abogados,el vacío de sus sueños, incluso algunos pocos se atrevieron en una breve charla con los más próximos a ellos. Pero ninguno, ninguno, volvió a cerrar los ojos otra vez.

1/17/2011

SEE THE MOON

See the Moon in your eyes.
See the Moon in your eyes.
Sometimes is a full moon
coming along with a smile.
Sometimes is a new one
taking away the moonlight.
Sometimes a cloud of teardrops
hides her pretty sight.
But when it's over the night
there's always a lighthouse
on the edge of the dark side.
Then you shut up them tight
and the sun takes over my life.

CORNER 52

- Nos vemos en el Corner 52 a las siete.
- De acuerdo. Nos vemos allí. No puedo esperar más para verte.
- Adiós. Te quiero.
- Yo también. Nos vemos a las siete. No llegues tarde por favor. No tenemos mucho tiempo.

Colgó el teléfono y tras cerrar la puerta empezó a bajar las escaleras.

- Cariño. Qué hacías en el dormitorio? Te he llamado y no contestabas.
- Nada. Organizar un poco mis cosas.
- Voy a salir de compras. Necesito una camisa nueva para el trabajo. Tú también deberías ir a comprarte unos vaqueros nuevos. Esos están un poco viejos.
- Igual lo hago.Yo también voy a salir. He quedado con Phil.
- Cenamos juntos en casa a las nueve ?
- Perfecto.

Ella cogió su pañuelo rojo del colgador junto a la puerta y tras besarle en la boca se fue.
Él se quedó mirando la puerta por unos segundos con expresión vacía. Y tras sacudir la cabeza como si despertara de un sueño salió a la calle.

Las agujas marcaban las siete en su reloj. Él entró en al Corner 52 con paso decidido. El bar no era gran cosa, pequeño y con aspecto de haber tenido mejores tiempos. Tampoco estaba muy concurrido. Los pocos clientes que había estaban sentados en desvencijadas banquetas mirando al frente sin hablar entre ellos. Cuatro hombres y una mujer, además de un camarero que sacaba brillo a las botellas con un paño raído.

Ella le miró como quien mira a un extraño por primera vez, repasándole de arriba a abajo. Pero no pareció quedar muy impresionada por la vista y volvió a girar su cabeza al frente para posar su vista en las estanterías de botellas impolutas.

Él también la observó por un momento. Tampoco con mucho interés y después se sentó en una banqueta libre entre ella y otro cliente que miraba su vaso como buscando en el fondo del mismo las horas de su vida perdidas en aquel lugar. El resto de los clientes apenas se molestaron en prestarle atención, su principal interés era una vieja televisión donde alguien corría mientras botaba un balón.

Pidió una cerveza y tras pagarla se quedó mirando como la espuma desaparecía de la superficie. Cuando ya no quedaba ninguna burbuja bebió un largo trago y posó también su mirada en la pantalla. Ahora las imágenes reflejaban varios jóvenes altos y fuertes saltando y peleando por aquel mismo balón.

Permaneció allí por un rato dejando vagar su mirada entre las inmaculadas botellas, la espuma de sus cuatro cervezas y las tres únicas personas que entraron en el local durante ese tiempo. Miró el reloj, eran las ocho y media. Acabó su última cerveza, se levantó de la banqueta y empezó a dirigirse hacia la puerta. La mujer que todavía estaba allí fue la única que se volvió a mirarle aunque con una expresión muerta que pasó a través de él como si fuera una de las botellas que el barman abrillantaba.

Abrió la puerta de su casa. Desde la cocina llegaba un aroma a ternera estofada acompañado por el sonido metálico de cazuelas.

- Hola cariño. Ya has vuelto? Has encontrado una camisa que te gustase?
- No. Tampoco había muchas cosas en la tienda... Tú qué tal con Phil? Qué contaba?
- Ya sabes. Siempre las mismas historias del trabajo. La cena estará en quince minutos.
- Subo al dormitorio me cambio y te ayudo a acabar de prepararla y poner la mesa.
- Tranquila, casi he acabado.

Ella subió las escaleras mientras se quitaba soltaba el nudo del pañuelo. Entró en la habitación y descolgó el teléfono. Él hizo lo mismo al otro lado de la línea.

- Hola.
Su voz sonaba suave y relajada con un toque sensual.

- Hola.
La de él un poco nerviosa y preocupada.

- Fue maravilloso ir al Corner 52 y que estuvieras allí. Esos viejos vaqueros te quedaban muy bien.
- Tú estabas preciosa con tu pañuelo rojo.
- Gracias. Eres muy amable...
- Lo siento, te tengo que dejar, tengo el estofado en el fuego y se me va a quemar.
- Tranquilo ahora bajo.
- Te quiero.
- Yo también te quiero.

Bajó las escaleras y entró en la cocina. Abrió un armario y sacó los platos y los puso sobre la mesa. Se dio la vuelta para coger los vasos.

Él estaba allí mirándole fijamente a los ojos. La mirada de ella le traspasó, pero está vez llena de vida y deseo.

Se quedaron uno enfrente del otro sin que el tiempo transcurriera hasta que el agudo pitido de la alarma del humo les sobresaltó.

- Maldito estofado, se me está quemando.
- Es igual. Después de tantas cervezas no tengo hambre.
- Yo tampoco. Vamos al dormitorio.
- No. Mejor aquí, en la mesa como la primera vez que lo hicimos en esta casa y éramos todavía unos desconocidos para el otro.
- Te quiero.
- Yo también.

12/03/2010

TORERO

Hoy era domingo. Tocaba día de limpieza en casa. Todos los domingos tocaba una tarea diferente que estaba apuntada en una hoja fijada en la puerta del frigorífico con un viejo imán de Wendy's. La hoja la hacía mi madre a finales de diciembre y abarcaba todos los domingos del siguiente año menos Thanksgiving, cuando íbamos a visitar a los abuelos maternos en Minessota y dos fines de semana en julio que los pasábamos en una cabaña en los Fingers, donde siempre alquilábamos la misma cabaña como hacían todos nuestros vecinos de esas dos semanas.

- "Hoy toca limpiar y ordenar los armarios del ático. Ya conocéis las normas. Nada de guardar cosas inútiles ni rotas, ni que no se hayan usado en los últimos dos años. Necesitamos sitio para guardar cosas nuevas. Hacedlo vosotros dos mientras yo voy a la compra. Ok? Hasta luego"


- "Vale Mamá, no te preocupes. Pondremos todo lo que no sirva en bolsas y luego lo prepararemos para llevar a la parroquia. Hasta luego".

Este era uno de mis tareas preferidas de todos los domingos del año. Siempre tocaba justo después de Thanksgiving y era uno de los anuncios de la Navidad que se avecinaba, como ir a dar la carta a Santa en Macy's o ver el pino en Rockefeller Center y comprar cupcakes en Magnolia en el camino de vuelta a casa. Además adoraba pasar horas en el ático, abriendo aquellos armarios, trepar a la escalera para poder alcanzar las cajas, abrirlas y volver a encontrar otra vez mis juguetes, muñecas, libros que ya casi habían caído en el olvido sustituidos por otros más nuevos. Aunque había momentos tristes también, al volver a ver esas muñecas ya viejas y ajadas que nunca más volverían a ser mis compañeras de confidencias tras dos años en el fondo de una caja. Pero siempre quedaba la alegría de pensar que en la parroquia se las regalarían a alguna otra niña que les volvería a susurrar al oído sus secretos y dándoles así vida otra vez.

- "Vete subiendo Layla, mientras yo voy a buscar la escalera al sótano" me dijo mi padre tras besar a mi madre mientras se despedían.

Se oyó el timbre. Era Brad, el vecino de la casa al otro lado de la calle. Como casi todos los meses pasaba un domingo para pedir el cortacésped. El suyo se le había estropeado hace casi dos años al poco de morir su mujer, Judy, y siempre aseguraba que era la última vez que nos pedía el nuestro, pero siempre volvía. Mi padre decía que no compraba uno nuevo más por tener una excusa para cruzar la calle y olvidar su soledad y hablar con alguien que porque se le olvidara siempre comprar uno.

-"Cariño, vete empezando con la parte de abajo de los armarios mientras le doy a Brad el cortacésped. Luego haré yo el resto con la escalera".

En su voz el tono era más dulce todavía que de costumbre. Era como un preámbulo de la larga charla que le esperaba con Brad y que nunca trataba de rehuir ni acortar.

Tras saludar a voz en grito a Brad subí en el ático. Allí estaban todos los armarios esperándome. Normalmente mi padre empezaba por los de la derecha, donde él acostumbraba a guardar sus cosas y yo por la izquierda, donde estaban las mías. Mi madre se bastaba con el armario y cajoneras de su habitación para mantener todas sus pertenencias tan ordenadas y guardadas, como la cocina y el resto de la casa.

Y allí me sumergí en mis cosas. A veces la decisión era fácil, otras el recuerdo y el presente luchaban mientras sujetaba el libro o juguete con los brazos estirados, como si alejarlo de mí la corta largura de ellos me empapara del salomónico atributo de la justicia. Cosas indultadas hace un año, éste emprenderían su destierro hacia la parroquia y otras dormirían en la oscuridad otro año más por lo manos. Algunas de ellas ocultadas de la revisión que haría mi madre cualquier día para ver si habíamos cumplido sus estrictas normas.

Cuando acabé mi parte todavía se podía escuchar el murmullo de la conversación subiendo desde la cocina y por el tono no parecía que fuera a terminar demasiado pronto. Así que me puse manos a la obra con la parte que correspondía a mi padre. Siempre le ayudaba a acabar la última parte de su armario, la más cerca a la mía. Parecía que siempre las primeras puertas se le resistían, que los objetos allí guardados necesitaban una larga inspección, aunque siempre había alguna bolsa o caja que a veces ni era abierta ni sacada del fondo del armario antes de seguir en su reposo.

Empecé por las puertas más cercanas al mío y como casi siempre estaba llenas de gorras, bermudas, bañadores, camisas floreadas o sandalias compradas en las rebajas después del verano y que se acumulaban allí hasta que el sol volviera. Muchas veces se mezclaban con las de años anteriores y había que decidir cuales estarían menos pasadas de moda el próximo estío, o todavía no tenían demasiadas manchas de las salsas de las barbacoas veraniegas.

La tarea no era difícil, las normas de mi madre era bastante claras y cuando mi padre y yo lo hacíamos juntos siempre sabíamos a que atenernos. Además mi padre no tenía demasiadas cosas nuevas cada año. Así que no me tomó mucho tiempo acabar con esas primeras puertas.

Tenía sed y bajé a la cocina, en el camino todavía se podía oír la conversación que manaba desde ella, aunque esta vez un poco más muerta.

-"Hola papá. Ya he acabado casi con todo el armario. Sólo me falta la última puerta del tuyo. Pero tanto trabajar me ha dado sed. Me cojo una soda y vuelvo y acabo"

-"Mejor que me vaya. Sino no me va a dar tiempo acabar de cortad el césped antes de que anochezca" Dijo Brad mirando a su reloj un poco avergonzado.

-"Te acompaño al garage a cogerlo Brad y subo a ayudarte hija. Será un segundo" Contestó mi padre.

Con mi soda en la mano me despedí de Brab y subí de vuelta las escaleras hasta el ático para seguir con mi tarea. Mi padre y él se quedarían aún un rato hablando y yo mientras seguro habría acabado con la parte de abajo del armario y podría llamar a Beth y quedar para ir al parque a jugar en uno de lo últimos días en los que aún el sol brillaba y el frío no era lo tan intenso como para que nuestras manos, narices, orejas o cualquier parte de nuestro cuerpo no cubierta doliera al cabo de 10 minutos.

Abrí la última puerta. No había mucho guardado allí. Un par de cajas grandes, que ya sabía que contenían viejas revistas de viajes que mi padre guardaba desde antes de casarse, cuando gastaba sus veranos viajando alrededor del Mundo y que estaban indultadas de por vida, y una bolsa de basura de plástico negro al fondo en una esquina, mal colocada. Como si alguien la hubiera tirado allí con prisa y luego hubiera cerrado la puerta rápidamente para que no cayera fuera. Sabía que si eran cosas de mi padre, el indulto estaba asegurado, pero aún así la abrí para asegurarme.

-" Hola cariño. Ya has acabado? ". La voz de mi padre sonó a mi espalda.

Me volví con una especie de capa de extraños colores en mi mano que había sacado de la bolsa.

-"Sí papá, sólo me falta esta bolsa. Es esto tuyo? No lo había visto nunca. Qué es esta capa rosa y amarilla?".

Mi padre sonrió al reconocerla.

-"Guárdala antes de que mamá la vea". Dijo con dulzura.

-"Vale papá. pero cuéntame qué es". Le dije mientras la metía otra vez en la bolsa y la depositaba otra vez en el armario justo encima de las dos cajas de revistas.

Mi padre abrió con calma la escalera que traía en su manos y se sentó en el cuarto escalón y juntando las manos su habitual suave voz , incluso cuando me reprendía por algo, empezó a contar una vieja historia. Incluso de antes de casarse con mi madre. Un viaje a España todo un verano. Como fue a ver una corrida de toros a Las Ventas en Madrid, hizo amistad con sus compañeros de asiento y tras irse luego a tomar unos vinos y a un tablado flamenco, estos le invitaron a las fiestas de su pueblo, un pequeño pueblo en el norte del país llamado Falces. Como tras una odisea de viejos trenes y autobuses llegó allí y le alojaron en su casa. Días de comer mucho, beber vino, pasear una estatua de la Virgen por las calles de la ciudad y sobre todo vacas. Ellos llamaban vacas a aquello que a mi me parecían toros. De como un día bajo los efectos de un poco de vino, él lo dijo así, y de los gritos de ánimo de la gente al final había salido a enfrentarse de aquellos gigantescos animales salvajes con aquel trozo de tela que ahora dormía en el armario. Y que tras un mal remedo de lo que había visto aquella tarde de verano en Las Ventas había sido atropellado por uno de aquellos tranvías con cuernos y después entre "olés" de la multitud y gritos de " viva el Americano" fue paseado a hombros de los lugareños por el pueblo parando en cada tasca a beber más vino. Al día siguiente se levantó envuelto en aquella extraña capa con dolores por todo el cuerpo, pero sobre todo de cabeza. Aquel había sido el último día en aquel pueblo, esa mañana cogió un autobús que le llevó a una ciudad y de allí otro que le llevó a Barcelona donde pasó una semana recuperándose de los golpes entre baños en el mar, entre miradas de la gente que se sorprendía de los extraños colores morados y amarillos de su piel. Desde allí volvió a América sin volver nunca a saber de aquel pueblo ni de sus amigos. Aunque se trajo como recuerdo aquella pieza de tela que le habían regalado aquellos como reconocimiento a su valor.

- "Ellos le llaman capote y lo usan para llamar al toro y engañarle después para que no les atropelle".

-" Y tú sabes cómo usarlo papá?" Le pregunté con admiración.

-" Claro que sí hija" Su tono de voz intentó ser convincente.

-"Me enseñarás algún día papá? Yo podría hacer de toro y perseguirte por el parque"

-" Vamos a acabar con el armario y si acabamos antes de que tu madre vuelva nos vamos a Riverside Park y te enseño. Pero no se lo cuentes a tu madre. La historia nunca le gustó y me hizo prometerle que tiraría el capote para que nunca volviera a intentarlo. El otro día estaba buscando otra cosa en el armario y casi me pilla con la bolsa en la mano. Por eso estaba a la vista"

Nos pusimos manos a la obra y con la ilusión de ir al parque a aprender a ser una torera acabamos en un santiamén.

Al cerrar la última puerta todavía mi madre no había llegado. Posiblemente había pasado a saludar a su hermana pensando que nos llevaría más tiempo ordenar el ático y no quería llegar hasta que todo no estuviera en su sitio y las bolsas de cosas para la parroquia en el maletero del coche.

Con ojos implorantes le recordé a mi padre sus palabras. Él cogió el teléfono y llamó a mi madre para decirle que si iba a tardar mucho todavía nos íbamos al parque a respirar un poco de aire fresco. A mi madre le pareció una buena idea, así podría estar más tiempo con su hermana quejándose de que me iba haciendo mayor y ya no le hacía caso y de que mi padre tenía el garaje lleno de herramientas por el suelo para luego acabar no arreglando nada.

Mi padre cogió la bolsa y nos fuimos al parque. Allí abrió la bolsa y sacó el colorido capote además de un chaleco verde de fieltro y una boina que se había comprado en aquel viaje.

Me llevé las manos a mi cabeza y con mis dedos índices simulé unos cuernos y empecé a correr hacia él imitando un mugido. Él con su capote enfrente me intentaba esquivar, aunque a veces conseguía cornearle entre risas e hipos.

Al cabo de media hora ya no podía correr y tras alcanzarle una vez más me tiré en la hierba y simulé estar muerta, aunque mi risa me delataba.

-"Papá, me has matado. Has ganado".

El tras dar unos pases al aire con el capote lo guardó en la bolsa otra vez y se sentó a mi lado.

Haciendo un gesto con la cabeza me señaló una pareja que se había parado y nos estaba mirando con cara de extrañeza.

-"Deben pensar que estamos locos".

-"Eva, has visto aquel padre y su hija. Parece que tiene un capote y están haciendo como que torean. De donde lo habrán sacado?".

En ese momento sonó el teléfono. Era mamá, ya estaba en casa y había preparado algo para cenar ya. Nos levantamos y empezamos a caminar hacia casa. La pareja continuó su camino parque arriba.

-"Cuando lleguemos a casa entra en casa primero y entretén a tu madre mientras yo subo y escondo la bolsa otra vez"

-"Vale papá. Pero volveremos a jugar algún otro día y ese día yo haré de torero vale?
Prometo guardarte el secreto".

-"No sé. Creo que estoy un poco mayor para hacer de toro".

-'No papá. Todavía eres joven". Mentí.








11/24/2010

ELLOS

Me cruzo con ellos a menudo cuando voy a pasear por Riverside Park.

Ella no habrá cumplido los siete años todavía. Él ya habrá superado la sestena.

Ella siempre recostada en una silla con su cuerpo retorcido como si aún estuviera buscando su forma verdadera, con su mirada traspasando los árboles del parque, el río, los acantilados que se alzan en la otra orilla. Traspasándome a mí.

Él a veces jadeando mientras empuja la sillita por las empinadas cuestas del parque, a veces afanándose torpemente con sus gruesos dedos entre las teclas de su móvil, posando su mirada en los árboles del parque, el río, los acantilados. En mí.

Son como dos polos opuestos. Él con un largo camino lleno de vivencias ya recorrido combando sus espaldas y ella con una corta y vacía existencia cargando en su todavía tierna y sinuosa espina.

Pero como todos los polos opuestos se atraen cuando se enfrentan. Entonces la infantil boca dibuja una sonrisa, surgida quién sabe donde o por que, mientras en los otros labios se marcan más por unos segundos las arrugas que los rodean.