8/14/2011

EL BAR

Ella estaba sentada mirando a la puerta de entrada. Él se sentó de espaldas a la misma.
La camarera sonrió y ellos le devolvieron la sonrisa. Ella pidió un té y él una cerveza. Ella hizo una pajarita con la servilleta y él jugaba con un azucarillo abandonado en la mesa.
El tiempo pasaba y ella miró el reloj. Él también lo miró de reojo. Las cuatro y media. Las ocho y cuarto.
Ella recordó cuando se juntaban allí a tomar café antes de ir a trabajar. Él añoró cuando se juntaban allí para beber una cerveza antes de cenar.
Ella pagó y se marchó a su tienda. Él pagó y volvió a casa a cenar solo frente al televisor.

6/11/2011

EMPIRE STATE

Desde aquí arriba la ciudad se convierte en nada más que una masa gris de enormes bloques de cemento y cristal. Todo lo que abajo mis sentidos percibían tan próximo que me abrumaba, ahora parece tan distante y pequeño que lo podría destruir con mi dedo pulgar. El mismo río se ha convertido en una corriente de agua sucia saliendo de una cloaca, y el cielo se asemeja al techo de una casa vieja con su azul ya degradado por la contaminación y sus blancos desconchones de nubes.


Desde la distancia de los ochenta pisos, todo allí abajo parece moverse despacio, y tan sólo los diminutos puntos amarillos en que se han convertido los taxis conservan algo del frenético ajetreo de la ciudad. Su constante movimiento transportando almas por las calles se asemeja al de los glóbulos rojos en nuestros arterias acarreando oxígeno para que la vida no se detenga.

Tras media hora aquí arriba, uno pierde la verdadera perspectiva del Mundo, quizás esto es lo que les sucedió a los dioses tras pasar la eternidad contemplándonos desde el cielo, y ya es hora de volver a mi realidad mortal.

Al volver al suelo, lo primero que hago es volver a mirar hacia arriba otra vez. El lugar donde estuve ya no existe, es sólo otro bloque más de hormigón y cristal. Los taxis zumban a mi alrededor y sus humos y bocinazos vuelven a ser insoportables. La ciudad me agobia, y sólo pensar que por treinta minutos pude aplastarla con mi pulgar me da algo de consuelo.

5/23/2011

LEYENDO EN EL PARQUE

Estaba sentado en el mismo banco que todos los días en los que no llovía. Desde que comenzaba la primavera hasta que el invierno congelaba la ciudad, aquel banco se transformaba en su lugar de lectura preferido. Incluso aún se le podía ver allí sentado durante el invierno, cuando el día, aunque frío, era soleado. Si había nevado, siempre sacudía la nieve del banco con un guante antes de acurrucarse y abrir el libro. Una vez acomodado en el banco, se sumergía en las páginas de su libro durante horas ajeno al ajetreo del parque, excepto cuando alguien pasaba corriendo por delante suya, que siempre levantaba la vista para observar al corredor por unos segundos antes de volver a su tarea.

La lectura le había cautivado desde niño, aunque con los años también había desarrollado un interés por las gente que corría por el parque. Al principio los había considerado algo molesto porque le distraían de su lectura, y llegó a pensar en mudarse a otro banco más alejado de las habituales rutas de los corredores, aunque finalmente los corredores pasaron a ser un elemento más de sus horas de lectura, como mojar su dedo índice en la punta de su lengua antes de pasar las páginas. Elucubrar sobre que les impulsaba a correr, a elegir aquella ropa que vestían, las extravagantes zapatillas, o sus diferentes estilos de carrera. Hasta había llegado a clasificarlos en grupos en función de sus diferentes características . Con sólo una mirada, ya creía saber todo sobre quien corría frente a sus ojos.


Aquel día, el sol no calentaba demasiado y una ligera brisa venía desde el río. Estaba leyendo uno de las primeras novelas de Paul Auster, "El País de la Últimas Cosas". Al principio, había encontrado el libro un poco monótono, pero poco a poco la historia le había ido atrapando, y ahora lo tenía totalmente hipnotizado. Cuando llegó, todavía era temprano para la mayoría de los corredores. Normalmente su número aumentaba a partir de las cinco de la tarde cuando la mayoría acababan sus trabajos.

Su mirada se posó en el libro, y durante la primera hora sólo la levantó tres veces. La únicas corredoras fueron tres mujeres. Él las encuadró en el grupo de amas de casa que aprovechaban las últimas horas antes de que sus maridos vuelvan a casa para hacer un poco de ejercicio como complemento de una dieta, posiblemente basada en productos ecológicos, y mayoritariamente vegetariana. Su indumentaria consistía en zapatillas y tops de colores, y pantalones oscuros. Siempre llevaban auriculares en sus orejas, y habitualmente la música era clásica, o un pop suave. En este grupo la mayoría eran asiáticas.

A partir de la segunda hora el número de corredores se incrementó, y también la variedad de ellos. Al grupo de amas de casa, le sucedieron ejecutivos estresados, estudiantes, deportistas, y pseudo-profesionales del maraton entre otros. Algunos los conocía de todas las veces que los había visto pasar enfrente de su banco, pero otros pasaban ante él por primera, y posiblemente última vez.

Como casi siempre, entre ellos estaba un hombre que corría siempre a la misma hora, por el mismo lapso de tiempo, y vistiendo similares ropas. Su ritmo nunca era demasiado rápido, ni demasiado lento. Él lo encuadraba en el grupo de "corredores ordinarios". Aquellos que no parecían tener un claro motivo para correr, que lo hacen se podría decir por inercia. Lo que diferenciaba a éste de los demás era que cada vez que pasaba enfrente suya giraba la cabeza, y le miraba por unos segundos para después volver su vista al frente y perder otra vez su mirada en el final del parque, a la vez que él volvía a posar la suya en el libro.


El ritmo de su zancada estaba acompasado con su respiración, y la música que sonaba en su mp3. La mirada al frente sin fijarse en nada más que en los posibles obstáculos en el camino. La única distracción que se permitía era mirar a la gente que leía sentada en los bancos. Durante todo los años que llevaba corriendo le había sorprendido la gente que pasaba su tiempo leyendo en los bancos de los parques. Siempre había picado su curiosidad saber los motivos que les llevaban a preferir leer en los incomodos bancos de los parques a estar sentados confortablemente en un sillón de su casa. Con el tiempo había creado diferentes teorías sobre las razones que llevaban a aquellas personas a elegir el parque, y dentro del parque un determinado banco como lugar de lectura, o el porqué unos iban con chaquetas de lana, otros mantenían sus gafas en precario equilibrio en la punta de la nariz, u otros mojaban la punta de su dedo índice antes de pasar la página. Y los había dividido en diferentes grupos, que reconocía con una simple mirada. Como aquel hombre, siempre en el mismo banco, y que siempre levantaba la mirada para verle pasar.




5/18/2011

PAYASO

Yo de pequeño quería ser payaso,
para pintarme la cara, y
que la gente se riera de mis charadas.
Yo de pequeño quería ser payaso,
para llevar peluca roja, y
ropa mucho mayor que mi talla.
Yo de pequeño quería ser payaso,
para aullar a la luna, y
llevar una flor de broma en mi solapa.
Yo de pequeño quería ser payaso,
para viajar de pueblo en pueblo, y
vivir en una caravana.
Y ahora que soy mayor,
quisiera volver a ser pequeño, y
soñar con ser un payaso.

5/09/2011

ENCUENTRO

No se podría decir que ella fuera especialmente atractiva.Nunca destacaba en los bares, ni en las fiestas. Ella sabía que pasaba desapercibida sin intentarlo, y si pensaba que podía destacar, siempre creía que era para peor.

Pero aún así, él se había acercado a ella. Lo había hecho de una manera casi imperceptible, como un aroma que llega con la brisa y te gustaría que permaneciera siempre. Sus primeras frases fueron las comunes, pero sin por ello dar la impresión de estar siguiendo un guión preestablecido para cualquier chica. Ella permanecía nerviosa sin saber que contestar.

Sus amigas le miraban con una mezcla de envidia y alegría. Él era guapo, muy guapo, sin por ello dar muestras de arrogancia. Aunque hablaba principalmente con ella, de vez en cuando dirigía sus preguntas hacía las amigas, creando una atmosfera que no las hiciera sentirse incomodas, a la vez que dejaba claro que su principal interés era ella.

Los minutos pasaron, y ella empezó a sentirse más segura. La conversación se fue haciendo más fluída. Ahora, parecía que se conocían desde mucho tiempo atrás. Pero al final llegó lo inevitable, uno de sus amigos se acercó y le dijo que iban a ir a otro local.

Él les preguntó si querían acompañarles, pero ellas todavía tenían que esperar a un par de amigas. Las amigas le propusieron que se fuera con él y sus amigos, y cuando llegaran las dos compañeras que faltaban le llamarían, y se unirían donde estuvieran. Ella dudó, pero finalmente decidió quedarse con sus amigas. Ellas le intentaron convencer de lo contrario, pero sus esfuerzos fueron inútiles.

Los amigos de él le apremiaron, y se despidió no sin antes decirles donde iban a ir, y escribir su número de teléfono en una servilleta de papel para dárselo a ella.

Ella se quedó en silencio mirando como él se alejaba entre la gente que abarrotaba el bar, y finalmente desaparecía tras la puerta. Sus ojos se humedecieron, y se excusó de sus amigas para ir al baño. Una vez sola allí se secó las lágrimas con la servilleta de papel y la tiró al suelo mojado.

3/23/2011

A PLACE

Walk, walk, walk
and endless road
without a place to rest.


Climb, climb, climb
and endless rock
without a place to grip.


Swim, swim, swim
and endless sea
without a place to breath.


Fly, fly, fly
and endless sky
without a place to nest.


Live, live live
and endless life
without a place to die.

3/03/2011

THE POET

El traqueteo del tren enmudecía antes sus gritos. Aquellos nueve chavales no paraban de hablar, reír, chillar, gritar...
con su inglés americano mezclado a veces con palabras de un español endulzado por su acento portorriqueño. Todos enseñando en sus iphones vídeos de canciones de R&B llenos de curvilíneas cantantes y bailarinas vestidas escasamente con un bikini.

Constantemente se chocaban, empujaban, peleaban, como un enjambre de abejas en una colmena demasiado pequeña para ellas. Mientras, el resto de pasajeros los contemplábamos en silencio imposibilitados de superar sus decibelios y mantener una conversación.

El ruido metálico de los frenos al acercarnos a la parada de la calle 50 tampoco consiguió ahogar su alboroto. Es más, la pérdida de equilibrio por el frenazo les hizo incrementar la algarabía, que ahora mezclada con el chirrido de las ruedas contra los desnudos raíles era apenas soportable.

Finalmente el tren llegó a un alto. Las puertas se abrieron y cerraron en escasos segundos sin que sus ruidosas bocas se hubieran cerrado por un segundo.

Sólo un pasajero entró en el vagón. Tras dar un solo paso se quedó allí plantado de espaldas a la puerta, ausente, con su mirada miope tras unas viejas gafas, y sus orejas totalmente ocultas por unos enormes auriculares verdes.

-Buenas tardes.

Su voz sonó seca como un disparo. Los niños se paralizaron como alcanzados por las dos balas de aquella frase.

Sin darles tiempo a reaccionar empezó a disparar nuevas ráfagas de su ametralladora.

-Siento molestar,
Pero les tengo que hablar
De las cosas que me preocupan,
antes de que al mundo hundan.
Quiero ver más amaneceres
antes de acabar mis deberes,
quiero que dure el mundo
más que un único segundo
Ayúdenme por favor
a pintarlo de color
para que rían los niños
enseñando sus blancos piños
y que cada mañana que amanece
se cumpla lo que sueñen.
Gracias damas y caballeros por su atención
pero tengo que dejar el vagón.
Espero que cuando salgan del metro
hayan aceptado mi reto.
Buenas noches y mi respeto

Su boca se calló con el cañón todavía humeante. Pero ahora el silencio lo envolvía todo. Incluso el traqueteo del coche parecía haber desaparecido, y todos parecíamos flotar en el aire.

Y él seguía allí. Mirando al frente a través de los inmensos cristales de sus gafas como si no estuviéramos allí.

El encantamiento duró unos minutos más, no sabría decir cuantos, quizás fueran dos, quizás diez, hasta que las puertas se volvieron a abrir ya en Times Square, y el andén se tragó al poeta dejándonos a cambio en el vagón otros varios comunes mortales.

Las puertas se volvieron a cerrar y todos parecimos despertar de un sueño.

-Has visto que puto loco?
-Pero era bueno rapeando.
-Bah, yo lo hago mucho mejor.

Poco a poco su volumén fue creciendo hasta que volvió a sumirnos en el impuesto silencio de nuestros pensamientos.